sábado, 31 de diciembre de 2011

23.- Saliendo de Puerto Príncipe, de vuelta en Buenos Aires

Llegué al aeropuerto con 3 horas de antelación, para calmar los nervios.
Además, uno nunca sabe hasta dónde puede el tráfico complicar la vida a cualquiera. Las rutas son únicas, sin alternativas, finitas, en mal estado y la lógica y tozudez haitianas son especiales para crear “Blokis” (bloqueo en créole).
Al llegar a la entrada, tengo 2 valijas enormes para despachar y una valija pequeña para llevar en la cabina más la mochila. No hay carritos para llevar el equipaje hasta el mostrador de embarque, pero como voy con los amigos, sobran las manos y las valijas tienen rueditas, Pero a la entrada nos paran en seco, nos piden el pasaporte del que viaja, o sea el mío. Se lo muestro y el resto no puede pasar. De nuevo preguntamos, “¿podemos pasar?” “no” “¿podemos pasar?” “no” “¿podemos pasar?” “bueno, pase”. Así que me acompañan hasta despachar las valijas. Yo hice el check-in por internet, pero no hay fila especial. Al menos tengo el pase de abordar impreso, ganaré algo de tiempo. De todos modos cuando llego al mostrador me lo imprimen (y veo una leyenda, en ese pase que me dieron, que dice “ahorre tiempo: haga el check-in desde su casa e imprima el pase de abordar”. Está bien, qué voy a decir. Me pesan las valijas y aparentemente tengo un kilo de más. Me asesoran los amigos y me dicen que les pida la valija para sacar peso. Me dan la pequeña, pero les pido la grande (lo autorizado es una de 9 kilos y otra de 23) y al ver el tamaño del monstruo, se desaniman y me dicen “debería cobrarle este kilo de más, pero la vamos a dejar pasar”, Muy bien. Me despido de los amigos y paso a la sala de embarque. Me hacen descalzar y pasar por el arco y no suena ni un pitidito. No obstante, una mujer policía me indica que abra los brazos en cruz y procede a cachearme. Es un cacheo tan a fondo que tengo que mirarle la cara para asegurarme que no lo está disfrutando; manos por el pecho demasiado detenidas, la panza, la cola entre las piernas… ¡a la vista de todo el que quiera ver! Qué sensación fea. Me vuelvo a poner las zapatillas y observo si con todos los pasajeros es lo mismo. Y sí, varones y mujeres son sometidos al manoseo demasiado minucioso. Sigo observando. Ahora es el turno de una mujer muy grande, con unos senos del tamaño de una sandía acorde a todo su cuerpo. Pues, se los levantan y le palpan la sombra de las sandías. Y el siguiente, y el siguiente pasajero o pasajera. Observo que viene es el turno de una monja blanca. ¡Que nadie se interponga en el campo de visión que esto no me lo quiero perder! La policía la cachea… como me cacheó a mí. La cara de la monja valió todas las demás caras. Bueno, no sé por qué, pero es así.
De todas las personas que están en la sala esperando, hay dos que no quiero que se me sienten al lado durante el vuelo: la monja y un MINUSTAH de Brasil.
Pero lo que es el karma… me toca al lado del MINUSTAH. Y ya sentados nos dan a llenar una ficha de salud para cuando lleguemos a Panamá en la que preguntan si tenemos o tuvimos diarreas en las últimas 24 horas o si tuvimos contacto con enfermos de cólera. Tengo ganas de pelear al vecino de asiento y preguntarle si tenía información respecto de los nepaleses que introdujeron el cólera y si les hicieron la pregunta antes de entrar, y si –en tal caso- mintieron en la respuesta. Y me empiezo a dar cuerda y espero que me pida la lapicera para decirle que no le presto nada porque es de MINUSTAH. Pero el muy cagón no me pide nada. Entonces se pone a leer y quiero ver qué lee y veo que es un libro religioso, pesco palabras al azar, títulos “virgen María, pecadores, infieles, pecado, virgen, dios” Y se señalador tienen la pulsera de la entrada a la playa más top de Haití. Ay señor… qué karma.
El viaje es corto entre Puerto Príncipe y Panamá y con casi certeza sé que en el vuelo siguiente, el largo de 7 horas hasta Buenos Aires, no tendré al indeseable al lado.
En el aeropuerto de Panamá tengo una hora y media para ver si le puedo comprar algo que me encargó mi hijo, aprovecho para perfumarme gratis, busco 2 botellas de ron y alguna pavada más, y por todo eso, casi pierdo la conexión. Pero lo logro y llego a Buenos Aires.
Me encuentro con Éric, nos abrazamos tanto, nos besamos muchísimo (no lo bastante) y emprendemos el regreso a casa.
Son solo 3 meses los que estuve ausente, y todo me parece tan familiar, como un recuerdo perdido en los laberintos de la mente. Pero así miro las cosas.
Me sorprendo de caminar por veredas, de ver colectivos, de no escuchar los generadores y en su lugar los ruidos de motores sin escape (¡qué fastidio!) y muy pocas personas me piden dinero. Ahora son menos, muchos menos, los negros en la calle, algunos los veo vendiendo bijouterie sobre un paraguas rojos. Sé que la mayoría son de Senegal, pero pienso en Haití. Eso, en lugar de los pintores de las calles de Pétion-Ville que exponen sus cuadros en las paredes públicas, a lo largo de 200 metros, más o menos.
Me alegro de tomar agua de la canilla, me pone de buen humor el zorzal al amanecer en vez del gallo de las 4 de la mañana. Ya no veo cabras por las calles, miro de nuevo los paseadores de perros que de todos modos ejercen en mí una fascinación incrédula (¿Cómo es que no se les pelean los perros?)
Cuando llego a casa a revisar los mails, no temo a no tener internet y dicho sea de paso, no extraño ver a mis queridos por la camarita. Sudo sin pensar o dudar de que haya agua para bañarme: transpiro en libertad.
Me quedo embelesada mirando los semáforos, como hace muchos años, cuando era una nena de pueblo que iba a visitar a los primos a Rosario, una gran ciudad, y entonces me detenía en las esquinas a mirar esas luces roja, amarilla, verde, otra vez amarilla, roja, etc. y la consecuente vergüenza de mi prima a mi lado. Increíble el automatismo que ordenaba el tránsito.
Las primeras llamadas de teléfono tiendo a contestar con un “Allô?” pero se me pasa rápido. Ya no hay gente que lleve todo en la cabeza, no venden bananas fritas y no compro más la fruta rica de las señoras en la calle. Lo mejor es que no veo un solo vehículo militar (ni de ningún tipo) de la “UN”.
Casi que descubro el alumbrado público en la noche en lugar de la oscuridad de Haití de la ciudad y de la selva. La noche haitiana y citadina a veces solamente cortada por un resplandor a lo lejos que a medida que me acercaba se le sumaba un olor agrio de la quema de basura y al llegar al lado, un resplandor anaranjado de las llamas iluminaba algunos metros y de nuevo la tiniebla de la falta de electricidad.
Encontré a mi hijo muy grande (¿cómo se  puede crecer tanto en 3 meses?) y satisfecho de haber terminado el año de facultad con éxito. Mi hija y mi nieta siguen siendo tan divinas como antes y mis viejos, los de siempre.
¿Y yo? ¿Soy la de antes?

viernes, 9 de diciembre de 2011

22.- Me voy de Haití

Ya me voy de Haití. Pasaron los 3 meses y me voy.
Fueron 90 días de intensidad variable, de cosas vividas muy diferentes, algunas experiencias lindas, divertidas, indignantes, angustiantes, pero todas sorprendentes.
Me voy con muchas fotos de mala calidad, ya dije unas cuantas veces que mi cámara es obsoleta, pero con imágenes en mi cabeza que posiblemente no sean fieles como las fotos, pero son mis experiencias, mis análisis y deducciones.

Al final, no hice un viaje en tap-tap, el transporte público de la mayoría de los lugareños. Los tap-tap son camionetas, que en la caja de transporte tienen agregado una especie de cerramiento, abierto por la  parte más posterior y que en su interior contiene dos tablones a lo largo que servirán de asiento. En cada tirante caben unas 6 personas (dependiendo del tamaño de la persona). Cuando se agotaron los lugares, algunos optan por sentarse en las piernas del que está sentado. Y he visto hasta una tercer fila de sentados a upa. Luego van parados, en el interior en donde no se puede estar completamente de pie, con las piernas estiradas en su totalidad, hay que ir semi-agachado. Y parado y colgado en el estribo para subir.

También están tap-tap camiones. La diferencia está en la capacidad del vehículo, pero la mecánica es la misma. Para que el vehículo se detenga, el pasajero que quiere bajar tiene que golpear la cabina del conductor.
A veces tiene colgado algún objeto para que el sonido sea mejor. Una amiga vio un cepillo de dientes tan usado que colgaba de un hilo que prefirió dar un golpecito con una moneda propia, antes que agarrar eso. Supongo que se llaman tap-tap por esa razón. No existen paradas definidas, la gente espera en cualquier lado y cuando ve llegar el que va a su destino (todavía no sé cómo los distinguen) extiende el brazo y agita la muñeca de arriba hacia abajo varias veces. Parará si tiene lugar. EL pago es de 10 gurdas a cualquier destino (unos 20 cts de dólar). A eso de las 19:30, no se encuentran más tap-tap. Todo eso me perdí. Y también me di cuenta, a juzgar por las leyendas de casi todos los tap tap, que el transporte es algo que maneja dios. Todas inscripciones alusivas a la bondad del Señor, a la paciencia, al amor, y principalmente, el agradecimiento por haber concedido ese móvil.
Tampoco tomé un taxi, que son motos. Esos cobran 100 gurdas, más o menos a cualquier destino. Si uno llega. Van en contramano, zigzagueando, a la velocidad de la luz… ¡pura adrenalina!
Bueno, eso tampoco.
Pero pude ir a la playa, una experiencia buenísima, pero lamentablemente nunca más voy a ir a otro mar que no sea este. Mar del Plata ¡nunca más! ¿Por qué ir a la playa que siempre hay viento, en donde el agua es helada y al mismo tiempo se les ocurrió ir a otras 100.000 personas? Es cierto que hace mucho que me di cuenta de que eso no me gustaba, se me ocurrió un día que tomando sol en Chapadmalal, un pingüino me quiso robar unas cosas de una bolsa. O sea, agua helada. Y que además, las playas de México son un sueño y ya me habían producido el efecto anti-mar-del-plata, pero hay que decir que el Caribe es algo increíble, con alguna langosta asada cuando te da hambre.

Había oído que la fe mueve montañas, pero después de estos 3 meses tengo que decir que los haitianos lo hacen mucho mejor que la fe. He visto desaparecer una colinita en cuestión de días, a golpe de pico y pala, de las manos de uno o dos hombres, aplanando el desnivel para construir una casa.

También me llevo algunas palabritas en créole: “bagay” (cosa); “pa gen couran” (no hay electricidad) “pa gen…” algo (no hay… algo) “pa gen dlo” (no hay agua). Mwe fi (soy mujer). También los insultos que siempre es útil conocer. Me asombré con el término “neg” que significa “tipo” y me desasombré cuando supe que el origen está en la Constitución primera de este país, que dice que todo aquel que sea haitiano, sea cual sea el color de su piel será llamado “negre” y aquel que no lo sea será “blanc”. (Art. 14: “Los haitianos serán tan sólo conocidos bajo la denominación genérica de negros”) También en ese texto se establece que el mal de Haití era el color blanco, como expresión de repudio a la explotación centenaria de los esclavócratas.

Y en contraposición a ese texto de la Constitución, me llevo mucha bronca de ver cómo este país es la torta que se reparten las ONG. Algunas son completamente concientes que se están enriqueciendo en detrimento de los pobres de Haití y otras creen que han hecho la buena acción de su vida por haberse quedado entre los pobres y ya tienen derecho a muchas cosas. Se sienten con derecho a tratar a los haitianos pobres como negritos desgraciados. La mayoría de los blancos que vi les parece natural la diferencia de clase, la diferencia que el color de la piel traduce en diferencia de clase.
El apartheid en Haití es una realidad disfrazada, pero existe. La esclavitud no está abolida, sólo reformulada. La abolición de la esclavitud y la servidumbre de esa constitución revolucionaria, es hoy esa otra realidad.
Y eso dispara tantas cosas raras, difíciles. No me gustó ser blanca en Haití. Es duro, no porque siempre te quieren cobran 10 veces más, o porque los niños te ven y te piden plata en inglés, que es horrible. Lo que más me dolió fue ver la resignación en general, la aceptación pasiva de esta injusticia taladrante. Pareciera que haciéndole pagar al blanco indiscriminadamente resignarían la necesidad y el derecho de una revolución. Es muy triste.
Es espantoso ver todos esos vehículos de “UN” con tropas armadas circulando y la gente con miedo, es comprensible que lo tengan. Porque como diría Galeano “tienen esa tendencia a violar y matar” y yo he visto algunas veces como la gente agarra las chivitas al paso de esos camiones, de miedo a que se los quiten.

En estos 3 meses vi la plaza Saint Pierre desocuparse, después de 1 año y 10 meses, de las carpas de la gente que quedó sin vivienda después del terremoto. Les dieron 7000 gurdas (unos 175 U$D) para que se vayan y arranquen en otro campo de desplazados. No les dieron plata para una casa, ni les dijeron dónde podían ir. Pero quedaba “feo” esa muchedumbre sucia en una plaza tan bonita. Cuando empezaron a dejar espacios libres (las carpas eran como un rompecabezas en donde no cabía nada más) otras personas intentaron utilizar los lugares vacíos… y los cagaron a palos. Entonces, la plaza quedó vacía. Y ya pusieron dos fuentes de agua con mosaico veneciano y dorados por todas partes. Me parece un insulto.
Pero también algunas imágenes que arrancan la sonrisa, como por ejemplo un señor que lleva sus animales de un lado al otro, por el medio de la ciudad entre los autos. Y se los ve así, con un manojo de sogas, al cuello de cada animal, que pueden ser cabras y cerdos o cabras solas. Unos diez animales, con una soga al cuello como correa, es lo más parecido a los pasea-perros de Buenos Aires. No logré sacarle nunca una foto. ¡Cuánto lo siento! Pero ahí van, caminando apuradas las cabritas, cuesta abajo o cuesta arriba, tirando todas del brazo que lleva las cuerdas.
Me encantó ver cómo llevan todo sobre la cabeza. ¡Es impresionante el peso que resiste una columna humana! Todo en la cabeza: una caja con gaseosas, zapatos, ladrillos, bananas, comida, un televisor, lo que sea. Y un equilibrio prodigioso.
Me causó gracia que los niños chicos se acercaran a tocarme los brazos blancos, que me miraran con los ojos de lechuza y la aclaración de las madres “es que les da miedo”. Lo raro que puede parecer un negro en país de blancos, acá lo es un blanco.

Ya lo sabía, pero me gustó derribar el mito de que “los negros huelen diferente, huelen mal”. ¡No es cierto, señores! Estuve muchísimas veces en lugares llenos de gente y no huelen “a negro”. Siempre huelen a perfume a pesar de las condiciones desgraciadas de Haití y el agua. Y siempre tienen la ropa impecable, sea la condición que sea que tengan.

Y me llevo amigos nuevos, que conservaré seguramente para siempre (¿es mucho? Bueno, espero que para mucho tiempo)
También habrá una columna de las cosas que no son ni buenas ni malas pero que vi. Encabezándola, están todas las personas (varones) que orinan en la calle. Muchos, siempre, a toda hora y en todo lugar. A nadie le parece mal ni raro. ¡Y orinan con esas cajas enormes en las cabezas! Con esa mano… te dan el vuelto, el sachet de agua que te vas a tomar, etc.

Me sorprendió la impudicia de este pueblo. Es frecuente ver personas desnudas en la calle, bañándose en pleno día y a la vista de todos, sea el sexo que sea. Es cierto que las condiciones de alguien que se tiene que desnudar y bañar (y vivir) en la calle no dejan muchas opciones, pero veríamos en otros lados del mundo alguna forma de resguardar las anatomías de las miradas. Por otra parte, nadie observa particularmente los cuerpos desnudos.
Me encantó que no me dijeran cosas en la calle, quiero decir piropos. No hay ese acoso que odio. No me han dicho nada ni he visto que acosen a mujeres. ¡Es tan bueno! ¡Es tanto más fácil andar así!
Me divirtió ver que cuando me quemé al sol y quedé roja como de costumbre, una compañera me dijera “¡qué color raro tenés! ¿Te pica?” Nunca me había puesto a pensar que eso no les pasa a las pieles negras. Es evidente.
Ver el lío del tráfico y la resignación de los conductores es otra cosa. Estuve a punto de bajarme y seguir a pie por las colinas empinadísimas porque no soporto estar detenida. Y los conductores que son impacientes como yo, rebasan por el carril de vuelta, en contramano, hasta que se encuentran con un camión de frente, y se vuelven a meter al carril por el que venían. ¡Y lo dejan entrar! Creo que esa situación en Argentina sería digna de un fusilamiento, o por lo menos, tendría que volver marcha atrás varios kilómetros. Acá no. Se tolera, se admite.
Así, con mil anécdotas, me voy de Haití. Enriquecida, sin dudas, pero con la sensación que no hice nada (yo tampoco) por este país. Nada cambió desde que llegué por mi accionar. No hice nada para cambiar esta realidad. No se puede. Creo que el cambio que realmente haría la diferencia, sería una revolución, que Haití no está listo para hacer ni para recibir. He pensado muchas veces en el origen de esta desgracia, esta maldición de este pobre pueblo. Y hay días en que me digo que arrancó, allá en 1804 siendo un país de esclavos negros, a pesar de la revolución, dominado en muchos casos por negros. Veo el origen de este odio hacia el blanco en aquello de que “la nueva constitución haitiana deberá ser escrita en la piel de un blanco desollado y con la sangre de un negro”. Y otros días pienso que Haití fue (es) el juguete preferido de Estados Unidos y que como en el resto del mundo quieren y pueden decidir qué es bueno y qué no para este pueblo. Y entonces ya son muchas las generaciones que nacieron bajo la invasión y que no saben que se puede ser libres o que ser libres no es esto.
Más de 10.000 ONG haciendo lo que quieren “para ayudar a esta pobre gente”. Y la verdad es que nadie quiere ayudar, lo que la mayoría quiere es irse con más dinero por haber trabajado en condiciones difíciles. Fuera de casos particulares (personales) o de la Brigada Cubana que tiene un plan, todos hacen lo que se les da la gana por el tiempo que se les da la gana. “Yo voy a poner letrinas así”; “y yo, voya poner una cisterna de agua, el agua tiene que conseguirla otro”; “yo quiero hacer una escuela acá. Pero los maestros consígalos usted”; “yo les doy viviendas que durarán 5 años. Después, que alguien más haga algo”. Y MINUSTAH: “yo gastaré 800.000.000 de dólares por año por la seguridad de Haití y yo sé cómo hacerlo”
Así, pues, me voy de Haití.

sábado, 3 de diciembre de 2011

21.- Los carteles de Haití

No siempre hay electricidad en Haití. Bueno, no siempre hay agua, no siempre hay internet, casi nunca hay salud, poca educación pública…faltan muchas cosas en Haití, pero ahora me enfoco en la electricidad.

Como no hay corriente, no hay alumbrado público en las calles. Oscurece muy temprano, a eso de las 6 ya es completamente de noche, pero todavía hay mucha gente en la calle. Y se hace entonces muy peligroso andar en auto, esquivando los pozos que las calles tienen en general y la gente caminando por las calles, porque las veredas son inexistentes y es muy factible atropellar a alguien. Y luego, a eso de las 8 ya no hay nadie. Ni un auto, ni una persona y sin luz. Y esto le da un aspecto de ciudad evacuada, de desolación, de emergencia. Es muy rara la sensación. Es como andar por el campo, con las luces del auto abriendo visión, sin embargo, en plena ciudad.

Entonces, es natural entender que no hay carteles luminosos (ni iluminados) en Haití: por un lado, porque no hay electricidad y por el otro, porque de noche, simplemente no hay quién los mire. Así, los carteles son carteles diríamos “secos”. Directamente en la pared del local, las letras hechas a mano, a veces con moldes, a veces se nota que están hechas por un profesional letrista y muchas veces, como se puede.

Entonces rienda suelta al artista, que siempre pone de su creatividad en los colores, la distribución del espacio y la “decoración” ad hoc del comercio.
¡Casi toda la publicidad hecha a mano! ¡Casi todos los letreros! Y no falta el anuncio. He visto en medio de la selva, una casillita de chapa de 1X1X2 m bien decorada, vendiendo lotería, quiniela o “lotto” (que juega con los números de la lotería de Nueva York). Y todos los comercios tienen su nombre, muchísimos tienen que ver con dios, tal vez sea simplemente el nombre del propietario.


Y entre las 18 y las 20, que es el período que ya es de noche y que todavía hay gente en la calle, estos negocitos tienen una vela prendida por toda iluminación.


Pero los carteles que se llevan todas las palmas, la medalla y el aplauso son las peluquerías, aquí llamadas “Barber shop”. Decoradas con rostros de modelos, dibujados a mano, copiados seguramente de una revista de peinados, con lo difícil que es dibujar una cara, los ojos, la nariz, las proporciones (lo dice alguien que es incapaz de dibujar una casita), se lanzan porque no sería un salón de belleza sin el, (o la) modelo en la entrada. Los brillos del cabello, las barbas recortadas, las miradas de ganador o de seductora… fijadas para siempre en una pared de Haití.


La propaganda política, también se hace a mano. Rebosa Pétion-Ville de caras del presidente Martelly, algunas veces mejores que otras. Y el fanatismo futbolero. Aman a Messi y lo dibujan por todos lados, ¡a veces muy feo! Banderas de Brasil y de Argentina. En las paredes y en los tap-tap.


Y también están los comercios que ni me imaginaba que podían existir, como las morgues privadas que abundan, porque el negocio de la muerte también aquí existe. Y la pobreza es tal, que frecuentemente pasa que no tienen para comprar un féretro al difunto o la misa y el entierro, entonces los guardan hasta que reúnan lo suficiente, en las morgues privadas (a la vista parecen casas comunes, dudaría que tengan heladeras de refrigeración). Pero ese, es un capítulo aparte.
Aquí, una probadita de esos rostros...
Dibujitos de ropa para la tintorería. Una modelo en el salón de belleza.
Estos dos, él y ella, decoración de un "Bqarber shop". No sé qué pasó con los ojos... ni la mandíbula del muchacho.

Messi, muy desfavorecido. Ojos extraviados (pero se lo ve contento)



Este peinado es como una joroba en la cabeza.

Esta es mi preferida. No sé si se destiñó o son los brillos que le quisieron poner en el pelo y la boca.


Probablemente tenga bocio y acromegalia.


Un instituto de formación de secretarias. La mano es rara...

El presidente Martely, bastante parecido.




La mano al lado de la muchacha indica "manicuría".




No me doy cuenta si es una chica o un varón tipo Bob Marley.




BARBER SHOP! El muchacho tiene quijada de hamster y ella es muy rara. Al lado un angelito con una celulitis tremenda, de una capilla que vende féretros y alquila sillas y ambulancias.




miércoles, 23 de noviembre de 2011

20.- En el corazón del veneno

Otra vez el  trabajo me lleva a lugares insospechados. Estoy en el corazón de la MINUSTAH. En una reunión más en donde extranjeros decidirán qué es bueno para Haití.

Qué horror. Es un lugar lleno de los vehículos “UN”, son blancos con letras negras. Todos (casi todos) los letreros que hay están en 3 idiomas: inglés primero, segundo en francés y tercero en créole. El primero en verse está a la entrada, un letrero enorme que dice “no hay trabajo”, para que nadie se moleste en entrar para pedir empleo. Y en el interior, letreros dando indicaciones, por ejemplo en los baños: “Men-Homme-Gason” “Female-Femme- Fenm”. Pero me llama la atención uno que está en más idiomas y dice “Las reglas de la UN prohíben mantener sexo en intercambio por dinero u otros bienes. Cuando se sepa, perderá su trabajo; lo repatriarán; lo llevarán a juicio; nunca más podrá trabajar para las UN; arruinará su reputación; avergonzará a su país; ya podría haberse contagiado del VIH-SIDA; podría haber contagiado a alguien más el virus (alguien a quien usted aprecie). ¿Vale la pena el riesgo? Pare
Este letrero no está en créole, sólo en francés, español, portugués… no lo vi en inglés. Supongo que la elección de los idiomas tiene su significado, el que para mí, salta a la vista.
Y podría contestarle a ese letrero tantas cosas, como que por ejemplo, que muchas de las amenazas que profesa respecto de perder el trabajo, no se cumplirán si no se enteran que lo hice. Y podría agregar que al menos algunos de los países que aquí se encuentran tienen a sus más altos funcionarios involucrados en asuntos de prostitución y, por ende, no tendría vergüenza hacia la patria; que el SIDA puedo evitarlo usando un preservativo. Y que si consumo prostitución, ya me he detenido antes a pensarlo muy bien y lo hago igual.
O podría decir que la prostitución no es un riesgo para el que paga por ella sino para el que cobra. Especialmente en las bases militares. Bueno, retiro lo último.
Entro finalmente al salón que parece una copia de reunión en las Naciones Unidas, pero de juguete, en menos. Una larga mesa con muchísimas banderitas en el medio, con grandes sillones para cada uno de los que se sientan alrededor y en cada lugar un vaso, una servilleta y una botella de agua (sin cólera) con la etiqueta de las Naciones Unidas que dice “purificada”. Asisten en la mesa, 20 personas contando a los 4 expositores. De las cuales sólo 4 son mujeres (20%). Negros, 2 (1%). Haitianos 0 (0%). Y todos tienen cara, si no de cagadores, al menos de satisfacción y no sé por qué. Porque el informe es que “se ha hecho mucho pero falta mucho más”.
 Y luego estamos los que nos sentamos en la periferia, convidados a chusmear cómo debe organizarse este paisito. Cómo aunar la ayuda humanitaria. Nosotros, los de palo, somos 6, de las cuales 3 mujeres (50%).
Bla blas en inglés, of course, interrumpidos por vuelos rasantes de aviones militares en dos ocasiones y dos más por helicópteros y el ruido insoportable del enorme aire acondicionado que nos permite ser humanos.
Termina la reunión y me voy, contenta de volver al calor matador, la humedad y con una impotencia incontrolable.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

19.- Camino a la escuela

Necesito aflojar las piernas, moverme un poco, hacer ejercicio. Hace 3 meses que dejé las clases de spinning en el gimnasio en Buenos Aires (¡qué paquetería!). Y sumado a que camino poco, todo se hace en auto… Por eso me decidí a dar un paseíto antes de irme a trabajar.
Así que emprendo una caminata de una media hora, alguito como para que la sangre llegue de nuevo a la superficie de las extremidades, y arranco.
Voy a la izquierda, vuelvo, voy a la derecha de la salida de mi casa y todos terminan en calles cerradas, en portones de majestuosas casas. O en abruptos cortes de montaña. Así que voy a hacer el camino que hago todos los días con el auto, que me lleva a la oficina.
Subo la primera cuesta y me cuesta, pero no me detengo, en este afán de agarrar salud. Subo y subo, y en el camino me encuentro con chiquitos que van a la escuela, algunos de la mano de su mamá y sus hermanos, ellos caminan hacia la parada de un tap-tap que los lleve a destino. Tienen que hacer unos 45 minutos a pie en esta geografía accidentada de invariables subidas y bajadas de 60° o más (a mí me parecen de más de 90°). Todos los días, para ir a la escuela. Y van impecables, y contentos los nenes a la escuela. Todos con uniforme. En la parada tomarán el tap-tap o si tienen suerte, pasará el colectivo del nuevo plan del gobierno. Transporte destinado a llevar exclusivamente niños uniformados (o sea que los niños que no tengan uniforme no pueden subir). Ningún adulto puede beneficiarse de este vehículo. Son blancos y en negro dicen “dignité”. En la capital, en Puerto Príncipe se ven pocos. Se esfuerza el gobierno por poner más en el interior para “fomentar la vida fuera de la ciudad”. Entonces tomar un transporte público, que es privado, puede ser una verdadera aventura en el horario en que todos van a la escuela. No alcanzan y no paran si no tienen lugar. Y los lugares se acaban rápido, puesto que la mayoría son camionetas con lugar para 12 personas, a lo más. Pasa uno, pasa otro, y otro… 20 ó 30 minutos más tarde logran tomárselo y llegarán con el consecuente retraso.
Y este esfuerzo es una parte de la prueba que tiene que pasar una familia para educar a sus hijos. La escuela es privada en un 95%. Si bien los precios son variados, los ingresos en la vida haitiana casi siempre son bajísimos. Y a pesar de que el día que asumió este nuevo gobierno, en mayo de 2011, prometió escuela gratis para todos en muchísimos casos la familia tiene que elegir cuál de sus hijos va a tener el privilegio de beneficiarse del trabajo de sus padres (muchas veces madres solas) que con un enorme sacrificio pagarán una cuota en la escuela, por muchos años. En la mayoría de los casos se privilegia al varón mayor.
La promesa del presidente quedó en algo muy vago, al parecer algunos niños reciben becas para una escuela privada que cubre solamente la colegiatura y que recibe directamente la escuela.
Pero los chiquitos van de buen humor, tienen tiempo de ir conversando hasta la parada. Me los cruzo y me saludan “Bonjour madame”.
El paisaje es hermoso, trato de ir sacando fotos a la variedad de flores que encuentro, esperando divisar alguna de las más de 100 variedades de orquídeas que hay en Haití.
Por suerte no hay que ir mirando el suelo, como en Buenos Aires, por el riesgo de pisar una caca de perro. Acá, no. Sólo vi un par de tarántulas aplastadas desgraciadamente por encontrarse en el sendero de los autos.
Llego de vuelta a casa, sudada como si hubiera corrido un maratón (cabe aclarar que sería incapaz de correr más de 2 cuadras), de pies a cabeza esperando encontrar la ducha reparadora.
Pero no hay agua, y me tengo que ir a trabajar así, porque el casero me ofrece llevarme un balde de agua que nunca llega.
Y me quedo pensando en los kilómetros diarios o de por vida que hacen los haitianos para llegar a donde sea y a la edad que sea. Los nenitos a la escuela, las madres que los acompañan, la gente que va a trabajar llevando esos bultos enormes en las cabezas, la persona que está enferma y tiene que ir al médico… todos tienen que hacer la caminata previa que los deje en la ruta del transporte que a su vez, según el horario, habrá que esperar un buen rato. Y a veces llueve. Y siempre hace mucho calor. Y de noche no hay transporte.

sábado, 5 de noviembre de 2011

18.- 24 horas para 200 kilómetros

Quién hubiera creído que era posible hacer tan pocos kilómetros en un día entero viajando en auto.
la ruta hecha: Puerto principe-SAint Marc-Gonaives-Cap Haitien. Y de vuelta... esa es otra historia
El 1° y 2 de noviembre es feriado en Haití por día de muertos y de todos los santos. Tengo entonces la posibilidad de hacer algún paseo. Y desde antes de venir a este país, cuando leí “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier, quería conocer Cabo Haitiano que es donde se sitúa una parte muy importante de la novela. Así me fui, en auto con amigos.
La distancia a recorrer son 200 kilómetros, pero más de la mitad de la ruta es por la selva y no tiene asfalto, así que salimos bien temprano para llegar a una hora decente, poder pasar a darnos un chapuzón en el Caribe que aún no conozco.
A medida que nos internamos en esa vegetación tan profusa, tan variada aunque lo que más se ve (o reconozco, tal vez) son los bananos, va desapareciendo el asfalto. Ese verde tan fresco y que da la sensación de fertilidad, de abundancia, lleno de flores raras, de lianas, cobija una gran humedad que termina siempre en lluvias torrenciales y, sumado a la poca voluntad de mantener los caminos, estos se convierten en una sucesión de pozos, piedras, pozos, árboles tirados, pozos, bordes filosos de un pedazo de asfalto, pozos. Paramos en una estación de servicio a cargar nafta, almorzar y seguir viaje con la esperanza de llegar para la anhelada zambullida en aguas transparentes y celestes. Todavía nos falta un poco más de la mitad y no pensábamos que íbamos a tardar tanto. Llegamos al Cabo a eso de las 15:30, unas dos horitas antes de que se haga de noche. Todavía tenemos que buscar hotel. Hoy no iremos a la playa. Será mañana después de la visita al Palacio “Sans Souci” y el fuerte “Laferriere”.
Al llegar al palacio, a 17 millas (acá mezclan las dos medidas, kilómetros y millas, Centígrados y Fahrenheit libras y gramos) del hotel para lo que tardamos 50 minutos, la vista imponente del monumento me deja sin aliento. Las ruinas de un castillo impresionante duermen entre los yuyos crecidos; se ven paredes sin techo y la majestuosidad de cualquier castillo (pequeño) europeo. En él vivió el Rey Henri Christophe, un negro que luchó para abolir la esclavitud, dirigente de las revueltas más dignas, a quien el triunfo lo dejó sin recuerdos de su lucha y que sometió a 20.000 esclavos para realizar su sueño y ambición de ser de la nobleza, por lo que mandó a matar a su compañero de lucha Dessalines (aún hoy considerado el padre de la patria).
Subiendo por unas escaleras enormes, al recorrer los pasadizos ahora no tan secretos y expuestos, mirando las subidas y bajadas, y descubrir la un jardín simulando ser Francia, las estatuas de mármol de mujeres hermosas (y blancas) en el jardín, hacen que sea inevitable ver al rey autoproclamado, paseándose por ahí mismo con zapatos a la Luis XV, ya pasados de moda para la época y con los tacos torcidos, con peluca blanca y con una reina vestida de seda. Y no se puede menos que pensar en los negros esclavos trabajando para otro negro que supo ser esclavo, siendo azotados por negros que apenas unos años antes habían tenido esa suerte pero en manos de un blanco al que con odio dieron una muerte violenta justificada.
Sin embargo, Henri Christophe, rey del reino de Haití, está en los billetes de 100 gurdas, con una de sus faraónicas construcciones al reverso. Por alguna razón es venerado, querido, incriticado…
Subimos por la ladera de una montaña que está detrás del Sans Souci en dirección a la fortaleza más grande de América Latina. Hay que subir unos cuantos kilómetros, no sabemos si con 1,5; 5 ó 7, tenemos todas esas versiones. Pero el camino está empedrado y a pesar de que nos ofrecen caballos, subimos a pie. La caminata es agotadora, las subidas son muy empinadas, parece mentira que haya habido un alma que anduvo cargando una piedra para los muros que su majestad quiso construir de más de 40 metros de alto. Pasan las horas y seguimos subiendo asediados por chiquitos que tienden la mano y dicen “give me one dollar” a la vez que se ríen de nosotros, me dan la mano unos metros, por momentos tengo de la mano a más de 6 chicos que les divierto. Se venden collares de semillas, bananas, cocos, agua envasada, muñecas de trapo, esculturas de madera, máscaras. Todos quieren vender y para eso me dicen su nombre y quieren saber el mío. “Comprame a la vuelta, cuando bajes. Acordate, yo soy Jacqueline, ¿cómo te llamás vos?” y así con cada objeto en venta. Estoy saturada del asedio comercial. Sigo subiendo, tengo la lengua afuera, las pantorrillas al borde del calambre.
Y llego a esa cosa grandiosa, majestuosa, inútil y abandonada que es el fuerte. Situada en lo alto de la montaña, la más alta de todas las de la zona, una mole gigantesca de piedra se impone y apabulla. Verla de afuera hace llorar de saber que esos 20.000 negros, muchas veces enfermos, viejos, embarazadas y niños prefirieron morir que seguir siendo castigados, por no mencionar semejante explotación. Entonces se rebelaban, no seguían. Y el trabajo de ese grupo de esclavos, pongamos 100, que tenía que terminar un tramo determinado debía ahora ser hecho en ese mismo tiempo, pero habiéndole matado a 20 como ejemplo para no sublevarse. Lo primero que vi cuando entré fueron las habitaciones de esclavos, huecos en la pared gruesa que servía de depósito de cuerpos negros, los esclavos de Henri Christophe. Pensé que las plantaciones de cañas serían más bondadosas que ese trabajo insólito. Y sé que es mejor ser explotado por el enemigo que por un compañero.
Evidentemente no tengo alma militar porque me parece una idiotez la construcción del fuerte, tan alejado de todo, que difícilmente pudiera servir de defensa de nada, tanto es el camino para recorrer hasta el palacio. Se puede ver hasta Cuba en días buenos, pero yo no vi nada. Aún están todas las 50.000 balas de cañón que allí se hicieron por las dudas los franceses (a los que tanto copió el rey de Haití) insistieran con tener esa colonia en el Caribe. Ni una vez se dispararon los cañones que imagino llegarían apenas al pie de la montaña, que no es poco pero insuficiente, ¿no?
La Citadelle tenía una capacidad de reserva de alimentos para 5.000 soldados durante un año (¿contarían a los esclavos?) y un sistema de cisternas para recoger agua de lluvia.
El fuerte nunca fue utilizado con fines militares.


Vuelta a Puerto Príncipe
A las 5 de la tarde, llegamos de  nuevo hasta el auto que nos llevaría de nuevo a Puerto Príncipe. Estoy contenta de haber visto lo que vi, aunque sigo sin entender ese respeto-amor que le tienen al tirano de los billetes de 100. Ya no quedan ni rastros en nuestros estómagos del desayuno de las 7 de la mañana, morimos de hambre. Vuelvo a pensar en el esfuerzo de los esclavos y su maldita suerte. Ya no iremos a la playa, en una hora anochecerá. Será para una próxima vez.
Decidimos tomar una ruta alternativa, no la que hicimos el día anterior, una que nos acortará un poco los kilómetros, en vez de 200 serán 180, pero 20 kilómetros son bastante en rutas de estas condiciones. Además, y fundamentalmente, queremos evitar las 17 millas que hicimos de Cabo Haitiano hasta el Sans Souci. Encaramos directamente al corazón del país, por un camino enteramente por la selva.
A los pocos kilómetros se rompió el aire acondicionado por lo que tuvimos que abrir las ventanillas con la consecuente humedad, tierra y viento que nos dan de lleno. “No importa. Tan lindo ha sido este paseo” me digo.
A medida que nos internamos en la selva, se va haciendo de noche y el camino no se ve bien y no está bien. Es todo un ripio, más bien caminos de tierra con más pozos que el anterior y la desventaja de la oscuridad.
Sigue empeorando y ya es completamente de noche, no hay luna. Es la oscuridad más intensa que he visto. Pero además, me acompaña una sensación de fantasmagoría. Las casitas que bordean la ruta no tienen luz, no hay luz eléctrica ni el resplandor de una vela que indique presencia humana. Por supuesto que no existe ningún tipo de alumbrado público. No hay gente a la vista, no hay más sonido que el del motor y las ruedas mordiendo las piedras sueltas. Las hojas de los bananos iluminados por los faros del auto inventan formas diversas en su reverso plateado. Parece que hay alguien por cruzar el camino, pero son las hojas de banano. Se ve una cara y dos brazos agitados, pero son las hojas de banano. A lo lejos se ve una multitud pero son las hojas de banano. Y ya se agitan más, y más se ven las figuras que ahora deseo descubrir, porque se avecina una tormenta tropical. Vienen las primeras gotas y enseguida se hace una lluvia torrencial. Todavía nos vamos riendo de la subida a la Citadelle y de lo fuera de forma que estamos y qué hambre que tenemos. Ni bien veamos una estación de servicio comemos algo. Sí, es que ya serán como las 8 de la noche. Seguimos la ruta que nos indica el GPS satelital (¡qué invento maravilloso!) hasta que llegamos a un río que corta el camino. Bajo para mirar de cerca el agua y tratar de calcular si el auto pasa o se queda en el medio y vemos una persona cruzando con el agua arriba de la rodilla. Tenemos que encontrar otra ruta. El aparato nos muestra una alternativa que hace un asa y recupera más allá el camino a seguir hasta la población de Hinches que es la mitad del camino a Puerto Príncipe. Vamos hacia allá. La ruta alternativa vuelve a cortarse por un arroyo pero que pasamos sin dificultad. Pero más lejos otro más caudaloso no nos deja seguir. Y así hacemos varias veces por vías alternativas y mientras se nos agotan las alternativas se nos agota la conversación. En una de esas vueltas sobre nuestros pasos, uno de los arroyitos que pasamos sin dificultad se ha convertido en un río con más agua y muy sucia. Es evidente que la lluvia está alimentando los causes y que pronto no podremos seguir cruzándolos. La última alternativa se ve frustrada no sólo por un río que aparentemente está creciendo sino que hay un gran escalón para llegar a él.
A pesar de estar a unos pocos kilómetros de Hinches, tenemos que regresar a Cabo Haitiano para hacer la ruta que hicimos el día anterior, de ida. Dudamos mucho entre arriesgarnos o volver 5 horas de camino para hacer luego las otras 6 ó 7 hasta nuestro destino final. Muy a pesar de todo, volvemos. Son cerca de las 10 de la noche, seguimos sin comer nada.
Lo que nos faltaba: pinchamos un neumático en medio de la nada. Hay casas, pero no hay nada más, aparentemente. Cambiamos la rueda de auxilio, ayudados por una linternita que en la semejante negrura parece un reflector. Rogamos por que no pinchemos una segunda vez, pero en vano, porque sucede. Y además, casi no tenemos combustible tantas son las idas y vueltas que hemos dado. A 20 kilómetros está la estación de servicio en la que paramos de ida. Tenemos que llegar ahí para cargar nafta y ver qué hacemos con el segundo neumático pinchado, al que reparamos con un aerosol mágico, pero eso no va a durar. Desde que decidimos volver al camino primario, el paisaje es atemorizante, me doy cuenta de lo despoblado, es como andar por un país fantasma, donde quedaron las casas sin personas, como tras una explosión de la bomba de neutrones. Todo parece abandonado, vacío.
Llegamos con los vapores del aliento del último centímetro cúbico de nafta del tanque a la estación de servicio. Pero hay que esperar que abra: en Haití cierran de noche. Mejor, dormiremos dos horas hasta las 6.
Ya con el sol calentando todo, tenemos que resolver el problema de la rueda pinchada, en las estaciones de servicio no hay este auxilio. Al fin parece que las plegarias de estos tres ateos surtieron efecto (es que las comunicaciones son lentas en este lado del mundo) y un hombre arregla cubiertas no lejos de ahí. Pero la nuestra está totalmente deshilachada y no se puede hacer nada. Así que los rezos e imploraciones al señor habrán sido suficientes porque, tiene uno para vendernos. Increíble que en el medio de la selva tengan uno que nos sirva. Seguimos. Tenemos que llegar a Gonaives para poder comprar dos neumáticos que nos den la seguridad de cubrir una emergencia como esa. Y llegamos. Me siento tan mal que estoy anestesiada. Gonaives es  una ciudad grande donde hay muchos comercios pero no encontramos el neumático que nos sirva. Cada vez es más increíble la suerte que tuvimos en la selva con ese neumático. Enciendo la radio para escuchar algo de música y descubro que un locutor está cantando en español, en argentino, acompañado por el resto de la mesa de la radio… ¡es el Negro Oro de Radio 10! ¿Pero qué pasa? ¿Alucino por el hambre? Y vienen las noticias y Cristina, la presi, anuncia que quiere que seamos un país capitalista en serio, no esta pavada de anarco capitalismo en donde nadie controla nada. No entiendo qué pasa. Por las dudas, les aconsejo no ir a Gonaives, porque no solo no tiene neumáticos, sino que tiene radio 10. Luego supe que una base militar argentina es la que la retrasmite… Sin comentarios.
Ya a esta altura parezco Don King, con los pelos parados, mugrienta de cambiar gomas y revisar ríos, de ventanilla abierta por la selva húmeda y los caminos polvosos pero es media mañana y estamos cerca de la ruta buena en la que de todos modos no podremos superar los 80 kilómetros por hora debido a las gomas reventadas y malas que tenemos. Un sandwich a las 12 nos devolvió a la vida.
Llego a mi casa con la esperanza que haya agua y que la cama esté en su lugar. Y así fue.
24 horas para 200 kilómetros.

sábado, 29 de octubre de 2011

17.- Regreso a Canáan: una parcela en el cielo

Volví al campo de desplazados al que había ido hace un mes.
Niños del campo de desplazados. Es horrible, pero se llaman "campos".
Ese lugar que describí como seco, desértico y con carpas y chozas en vez de viviendas medianamente dignas. Sin baños ni letrinas, sin duchas ni siquiera improvisadas, sin zanjas, sin agua. Sin una fuente de agua a la mano. Para ello, los que quieran beber (¿quién no?), bañarse, lavar la ropa, deberán recorrer varios kilómetros bajo un sol impiadoso, por caminos hechos al antojo –o sea sin caminos verdaderos- hasta llegar a la ruta, cruzarla e ir en búsqueda del líquido vital. Vuelta a pie con el galón o el balde en la cabeza, con algún niño de la mano, si no es el niño mismo quien va por el agua.
Bueno, sigue igual el lugar. No ha cambiado en nada, obviamente.
Una casita terminada
Fui a presenciar la construcción de unas casitas por parte de una ONG (una de las 12.000 que hay en Haití). Son habitaciones de madera, de 18 m2 con una puerta y dos ventanitas.
El día anterior había visto en la tele un programa que entrevistaba a ganadores del gordo de la lotería, un programa de Francia. Los afortunados describían cómo se habían enterado, de cómo los periodistas llegaban a la puerta de sus casas y la alegría de recibirlos. Así nos recibían en las humildes chozas que habían sido seleccionadas entre las 30.000 familias para hacerles la casita. Tímidamente nos presentamos para avisarles que empezábamos la construcción ahí mismo, detrás de su actual vivienda. Nos esperan ansiosos. Nos dan la mano, nos toman las manos con gratitud, “nos prestan” a sus bebés.
Bebita prestada que me mira
con cierto asco y/o desconfianza
Empezamos el trabajo que se hace con 3 voluntarios haitianos que trae la ONG más los beneficiados, en este caso es el hombre de la casa que nos da una mano.
Me ceden “el honor” de hacer el primer hoyo en la tierra para poner el pilote maestro. Me dan una barra de hierro larga y pesada para comenzar: levanto y hundo en una tierra durísima; levanto y hundo, levanto y hundo. Las piedras son difíciles de partir y sacar, pero insisto. Siento que se me salen los bofes del el fuerzo. ¡Pero la pucha! Qué flojita resulté. Pero no puedo ceder, me da vergüenza decir que no doy más. Se asombran de mi resistencia porque minutos antes me dijeron que este “es trabajo de hombres”. Eso me da el motivo para no aflojar ni un tranco. Por suerte para mí, tengo que parar para que otro con una pala saquen lo que removí. Y otra vez, me toca a mí. ¡Ay, dios! Quiero tirarme en el piso (¡pero a la sombra por favor! Ah, y tráiganme una cerveza bien fría) pero sigo haciendo el pozo. Por fin termino y ponemos el pilote, enterrado a unos 50 cm de profundidad. Una hazaña que en este caso es un pequeño paso para la humanidad pero un esfuerzo inenarrable para mí. El segundo agujero, lo hacen los voluntarios. Para mi asombro veo cómo se van turnando el rol de la varilla y el de la pala porque lo que me tocó a mí, eso de pinchar la tierra con la lanza, no lo hace nunca una sola persona, se van cambiando los lugares… soy una tonta.
Haciendo el pozo. Yo soy la de blanco (ja)
El señor beneficiario de la casita está ayudando. Al cabo de un momento su mujer le acerca algo para protegerse del sol: una especie de boina de plush de color rosado y con una plumita en la frente. Más parece un gorro de dormir de una bailarina del cancán frufrú que de un negro con una pala. La verdad. Yo tengo una gorrita que me dio mi viejo que no debe ser mucho más apropiada que la boina rosa del señor, porque tengo los hombros y las mejillas en llamas a esta altura. Una negra me ve el color de los hombros (prácticamente morados con una raya blanca de los breteles de la remera) y me mira horrorizada. Creo que nunca les pasa esto. Me pregunta con curiosidad si me pica. Me saqué los guantes de cuero que me dieron para el trabajo y tengo dos ampollas en cada pliegue del pulgar. Un encono para agarrar lo que sea. Se apiadan de mí pero también se divierten. Es definitivo: soy de mala calidad. 
La casa de la familia afortunada que recibe la de madera


Emprendo el regreso, la obra quedó  “inaugurada”, otras 200 casitas fueron asignadas. Una gota en el océano. Pienso en la sensación, la alegría de la familia que recibió la casita de madera y entonces cómo no pensar en las otras 29.800 que no tienen esa “suerte”. Pero ¿qué suerte? ¿Es una suerte que les den algo que en el mejor de los casos durará 5 años? ¿Y luego qué? ¿Es acaso en algún punto una solución? ¿Realmente cree alguien que esto les mejora la vida?
Es inevitable pensar que si se vertiera el dinero que estas más de 10.000 ONG consumen, directamente en el país, Haití se levantaría más pronto.
Algunas de estas organizaciones funcionan muy austeramente, pero otras, tienen presupuestos de más de 1 millón de euros anuales. Y cada una de ellas “ayuda” a su antojo. No hay un estado que regule sus necesidades. Así esto se convierte en caridad y no en ayuda. Yo (generalmente un blanco) te doy esto que YO sé que te hace falta. Y siempre, en todos los casos, son medidas paliativas y no de fondo. Habrá mejores y peores voluntades, pero siempre es desde un lugar de saber superior e iluminado.
Y de esos millones que piden a los diferentes estados para trabajar en Haití, sólo un menor porcentaje es para el pueblo. La mayoría es para infraestructura de la ONG (alquileres de lujo muchas veces, sueldos ídem, camionetas, computadoras; luego funcionan un tiempo, hacen dinero y se van). Los contingentes de las organizaciones no duran mucho tiempo, se vuelven a sus países de origen, y con los que vienen hay que empezar de nuevo. Eso sí: los que se fueron habiendo hecho un agujero en la tierra, piensan que tienen derecho a reclamar un lugar en el cielo, que han dejado parte de sus vidas por Haití y los negritos y que son buenos.