miércoles, 12 de octubre de 2011

13.- Bajada al infierno


Este domingo pensaba ir a la playa con unos amigos nuevos, a darme una vueltita por un lugar que antes del terremoto del 2010 solía estar el Club Med, donde se servían cócteles en copas elegantes y todo eso, pero hoy no va nadie porque solo hay ruinas y escombros.
Pero amaneció lloviendo y entonces me llevan a hacer un tour por Puerto Príncipe, en donde el terremoto afectó bastante más las construcciones que en el círculo en donde me muevo cotidianamente.
El Palacio Nacional. Ahora hay gallinas adentro
Fuimos bajando y a medida que nos acercamos a destino, el aire se hace más pesado, el calor es más intenso. Entre lo alto de la montaña y allá abajo, debe haber una diferencia de unos 10 grados.  Entramos a la zona menos residencial hasta llegar a lo que fue el Palacio Nacional, (o sea, la Casa Rosada de Haití) que está destruido pero como partido al medio.
Ministerio de Economía
Parece que una bomba hubiera caído y reventado solo una parte. Bajo del auto y camino en dirección del edificio y veo lo que otrora fue el Ministerio de Economía: son unas paredes con rastros de llamas voraces en lo que queda en pie.
Frente al Palacio Nacional
Tomo una foto y se me acercan chiquitos varios con la mano tendida y me gritan “hey, you!” Para mí es una ofensa que me hablen en inglés, pero pienso que para ellos debe ser una ofensa que yo sea blanca y ande sacando fotos a las desgracias que los acompañan en permanencia. Miro mejor, y son una desesperación nos preguntan “¿pero cuánto quieren pagar? Díganme, yo se los vendo”. Y es difícil explicar que si eso vale su trabajo no queremos pagar menos pero que no queremos tampoco gastar eso. Se acercan más vendedores, muchos óleos hechos en serie, y se arremolinan. Niños que te dicen “hey, you!”, y curiosos que simplemente vienen al remolino. Es que enfrente al palacio desarmado hay un campamento, un asentamiento de carpas y ahora las veo de cerca. Entonces un auto de la policía se detiene para asegurarse de que no nos estén robando o algo así.

 Tratamos de volver al auto para continuar y una cola de chiquitos nos sigue, otros nos ven pasar y nos saludan. Y por primera vez oigo “le blanc!” (“el blanco”), es la voz inconfundible muchos los nenes que se van acercando. Todos piden “one dollar, one dollar”. Quieren algo.
Vamos llegando al  área que rodea el Palacio y se acercan a vendernos diversas cosas: pinturas haitianas, tallas en madera, unas carteras muy coloridas hechas a partir de envoltorio de fideos y cuestan 25 dólares cada una que nos encantan pero nos parece que no podemos pagar eso y entonces en para llamarme a mí. El “hey, you” que hacía un rato me molestaba, ahora me parecía mucho mejor.
Calles de Puerto Principe

¡Le blanc! ¡Soy le blanc! Y peor aún: soy le blanc-hey you. Se nos acerca una viejita y nos pide también. Se señala la panza y nos hace gestos y entendemos claramente que tiene hambre. Se levanta la camisa para mostrarnos mejor, tiene una pancita arrugada y cóncava y un gesto de dolor. Le damos unas barritas de cereal y dice “agua”. No sé qué hacer.
Viviendas inhabitables habitadas
Damos vueltas y nos internamos cada vez más en lo más arruinado de la ciudad y no por eso desanimado. La gente ocupa los lugares que no se pueden ocupar por peligro de derrumbe, y veo construcciones que han medianamente soportado el tremendo terremoto y parecen de la Louisiana del 1800. Es como una película del Missisipi y los esclavos. Y alterna con construcciones “bombardeadas”. Y toneladas de basura. Todo sucio, mugriento. Y vamos más allá, donde nadie quiere ir, ningún le blanc, a excepción de los que tienen carros de asalto que dicen “UN”, llegamos a Cité Soleil, la villa de Puerto Principe. ¿Se puede vivir peor que lo que he visto? Sí, en Cité Soleil. Es la villa miseria de un país miserable. Imaginen eso.
La Catedral de techo fantasma.
Era enorme, aparentemente

Pasamos por la catedral y al ver las paredes en total soledad noto que me recuerda a algo, me parecen las fotos que mis viejos tomaron cuando fueron al Líbano en el 80, cuando se encontraba en guerra (bah, qué aclaración absurda). En esas paredes solitarias y abandonadas por el techo, si se puede decir, hay gente que aprovecha esos espacios. Hay gente por todos lados.


Claro, hay gente adentro


Finalmente vamos al museo del panteón en donde se encuentra el ancla de la Santa María. ¡Pero qué símbolo! Desde esa ancla empezó todo para Haití: el exterminio de sus habitantes casi inmediatamente a la llegada de Colón y luego la introducción de los esclavos negros y la colonización española y la francesa y la inglesa y… todo eso.

En la puerta del museo


Desde el ancla para acá, un desfile de perversos con un látigo en la mano. Y lo peor que no siempre han sido Le blanc.

Llegamos al monumento esperado: Simón Bolívar en su caballo y agradeciendo al pueblo haitiano el haber sido solidario con su lucha: no solo pudo refugiarse aquí en 1815, sino que le dan armas, pólvora, hombres, plata y hasta una imprenta con lo que Bolívar puede entrar en Venezuela. Todo lleno de yuyos muy crecidos, un lugar bonito abandonado.

Y luego vuelvo a la seguridad de unos mates con agua de bidón.

1 comentario:

  1. Verónica, me parece muy interesante leer tus crónicas de estadía en Haití. Aunque aún no pude discernir de qué estás trabajando alli, me parece muy valioso leer tus impresiones sobre ese país tan avanzado en su momento y profundamente golpeado durante los últimos 200 años.

    Conoces el PAPDA (Plataforma Haitiana para un Desarrollo Alternativo). Aquí te dejo una entrevista a un referente suyo que vino a la Argentina y dio su opinión sobre las fuerzas de ocupación y el camino de salida para Haití. Un abrazo.
    http://tiempo.elargentino.com/notas/haiti-necesita-otro-tipo-de-ayuda

    ResponderEliminar