Pero por fin llego a destino. Me esperan los Médicos del Mundo (Argentina) para irme con ellos a una actividad en la localidad de Mirebalais.
Se trata de la preparación de brigadas voluntarias para frenar el cólera y de paso, otras cositas.
Hicimos el viaje en auto con chofer (como siempre) por entre las montañas y vi paisajes hermosísimos. También un caballo atropellado, y abandonado en el medio del camino.
La ruta era de dos vías pero en muy buen estado. Lo malo es que la persona que manejaba, lo hacía por la izquierda. Al cabo de unas cuantas curvas me animé a preguntarle si había aprendido a manejar en Inglaterra. Le sorprendió un poco la pregunta y creyó que se lo decía por lo bien que manejaba…. Y no. De ese comentario pasé a rogarle, cada 2 ó 3 curvas, que condujera por la derecha. ¡Y le causaba una gracia! Llegué a destino con una considerable contractura cervical. Hay que tener en cuenta que las rutas son muy transitadas por camiones que yo considero de carrera. Así que un encuentro frontal en una curva representaría la muerte segura. Aunque instantánea, eso sí.
Y
llegamos a Mirebalais, (que está camino a la frontera con República Dominicana.
Por suerte el paisaje era muy verde, porque la pobreza de las casitas que se
veían, era desolador. Pero al menos la vegetación mitiga un poco el sol, el
calor, el desamparo.)
La comunidad nos esperaba en una iglesia que no era como las que yo conozco. El techo es de zinc, a dos aguas, los bancos son de madera como para 4 personas pero se sientan 5, las paredes son de cemento sin pintar, solo unas inscripciones con letra verde y despareja, como por ejemplo “niño de dios” o “herederos de la fe” y en vez de una imagen de jesús, un ramo de flores. Y en vez de imágenes de apóstoles o santos, unos pies de madera para apoyar las lámparas de querosén. Y en vez de ostentosos vitraux (como por ejemplo los de Notre Dame de París) ladrillos huecos, que dejan pasar la luz y el aire. Infaltable el equipo de sonido para cantar. Unos 65 promotores, todos con gorra y camiseta de Médicos del Mundo, y otras 100 personas nos esperaban y cuando entramos, pasando por toda la gente hasta las sillas que nos esperaban delante de todo, nos aplaudieron. El educador, un habitante del lugar, nos presentó y nos hizo hablar, con un megáfono. Yo pude hacerlo en francés, les dije que me alegraba de estar ahí y que me recibieran tan afectuosamente y que esperaba poder trabajar junto a los Médicos. Otro aplauso como si fuera un discurso extraordinario. Al rato se me acerca un muchacho sorprendido de lo bien que hablo francés. Y me dice que el cólera es culpa de la MINUSTAH. Y yo sé que tiene razón. La MINUSTAH lo sabe. Y como en Haití todo tiene un preámbulo larguísimo, antes de salir a acompañar a la brigada, hay que hacer varias cosas: una obra de teatro (todo en créole) que representa una situación de transmisión de cólera por las manos sucias; unas indicaciones sobre lo que viene; otra arenga por parte de otro educador; una oración para que todo salga bien. Y salimos.
Con Valdez a upa |
En otra de
las viviendas una señora baña a su bebé. Prepara un fuentón con una cantidad de
agua que apenas tapa los tobillos del chiquito.
Volvemos a la iglesia todos a que les den un refrigerio (un pancho a cada uno) y todos salen diciendo “panchito”.
Salimos para otra localidad esta vez, en una escuela de características edilicias similares a la iglesia, pero con pizarrón. Pero allí sólo repartimos las camisetas y las gorras a los promotores que en una próxima asamblea se organizarán para cuadricular la zona y distribuir el terreno a cada uno. La emoción que tienen al recibir estas camisetas es enorme, se las ponen inmediatamente sobre la ropa y hace un calor del infierno. Yo he tenido que sacarme las medias, no sé por qué me puse. De lejos veo que unas chiquitas me miran en la tarea y se ríen.
Finalmente
volvemos, tomamos la ruta de vuelta, siempre por la izquierda, siempre
implorando. Volvemos a pasar por los lugares que están casi intactos a pesar
del cambio de luz, está atardeciendo y la iluminación es rosada. Llueve
intensamente en la cima de la montaña, ahí donde el caballo está muerto y ahora
hay un perro que lo está empezando a comer. Supongo que en breve serán dos los
cadáveres, uno de caballo y otro de perro. Ansío poder bañarme y comer algo.
Y así,
llego a mi casa, después de largas horas de auto, no tanto en la montaña sino
más bien en los “bloquis” de la ciudad. Entre el tráfico, las luces y las
bocinas de los autos con conductores enloquecidos.
Hola Vero!!!! acabo de leer tu crónica, qué experiencia inolvidable!!!!! qué bueno lo que estas haciendo, contame un poco más cómo llegaste a este proyecto...creo que me perdí una parte.
ResponderEliminarTe mando un abrazo muy grande!y contá conmigo para lo que necesites. Desde el canal sólo puedo darte colecciones de dvd,con material de Encuentro y Pakapaka de excelente calidad, pero imagino que son de muy poca utilidad en esos lugares...lamentablemente.
Beso grande! y te sigo...
Pato Pinella